domingo, 14 de marzo de 2010

Influenza

En esa caja de hojalata que nos cobija
te veo erguida en tu plano propio.
Esas desastrosas manos que te tocan
al pasar no son más que tunas
que te rozan vehementes.

Más arriba de ese torso tapado
por malditos tejidos
tu cuello emerge como
sagrado obelisco en el templo
de tu embeleso.

Pero, por desdichas de la suerte

de los desgraciados,
tu rostro se opaca por la austeridad
de un tabacopas insolente.

Es en ese bondi de hojalata
donde respiro,
donde te miran,
te traicionan, te engullen,
te envidian, te acosan,
te tocan, te violan
y te excitan
el lugar del querido virus
que se propaga para azotar
los cuerpos de las
criaturas hermosas.

¿Acaso no me podés dejar ver
un poco de ese rostro hermoso
que se esconde bajo un artificio
de la lucha contra las infecciones?

Enfermáte por mí, criatura,
que tu sensualidad no muere
si la influenza azota tu cuerpo
pues he de tenerte abrazada
entre mis sábanas
hasta contagiarme
para usar un tapabocas
como vos
y que nadie
pueda ver
mi rostro
pegado al tuyo.

miércoles, 3 de febrero de 2010

La explotación

El factor tiempo

Para poder conseguir el pan y la leche que un hombre comió en un determinado día necesitó trabajar antes para obtener el dinero necesario. Es decir, se ajustó a las reglas del juego que apenas una minoría diminuta ha impuesto desde el principio en que los sumerios inventaron la moneda y desplazaron al trueque.

Empezando por el tiempo en que el hombre protagonizaba el día con la muerte de un animal para poder comer, resulta difícil definir cuál es la razón de vivir de un ser humano actual donde la presencia de metas y del desarrollo personal están por encima del sustento del presente, el cual es imposible evitar en el transcurso de un solo día.

Cuando un hombre se proyecta al futuro, la idea de la frustración está latente pero no visible dentro de la mente. No es posible descartar la idea siendo que la frustración conlleva a la razón de que el futuro propuesto ya en un determinado pasado no fue posible llevarlo a cabo. Por consiguiente, la idea de vivir el presente es más razonable e inmediata que levantarse en el día y pensar en lo que ocurriría mañana no sólo por ser incierto, sino por saber que todo depende de lo que se haga en un determinado presente, es decir, hoy.

El futuro es incierto y no existe porque en la incertidumbre se encuentra el vacío en el que una idea, incierta o no, se pierde porque su esencia es indeterminada o bien, tampoco existe. Si uno estudia en la universidad y en el día estudia lo que dio en el día y cumple con la elaboración de los trabajos, la idea del futuro estará latente pero nunca se cumplirá mientras el tiempo no decida detenerse. El tiempo, al final, termina definiendo el futuro pero el tiempo, al cabo de todo, es el que terminará venciendo a la incertidumbre aunque depender de que eso sea factible también es proyectarse a la incertidumbre del futuro. En este momento hablo de la posibilidad de que el tiempo pueda ser el alivio que encontramos en la poca noción que tenemos del futuro. Sin embargo, depender de ello sería el octavo pecado. Es como creer en Dios sin haber determinado su existencia. Por lo tanto, todo lo incierto no existe.



La mecánica organizacional

Actualmente, el ser humano carece de la suficiente noción de la proyección en el presente y su trascendencia por la culpa de las disposiciones morales que el capitalismo imperante ha impuesto a través de la globalización y el consumismo. Las metas sobran cuando la falta de tiempo es mayor pero esa esquizofrenia, oculta en la oquedad cerebral de los empresarios que alardean con el desarrollo del personal que, a la vez, les provee del dinero necesario para acumular su preciado capital, se percibe a simple vista a través de una mirada más profunda dejando de lado el egoísmo negativo demasiado humano. Tanto es así que el cúmulo de horas laborales ha aumentado en los últimos años teniendo en cuenta que, al principio, la máxima cantidad de horas laborales en cualquier empresa era de 8 horas. Hoy, las horas necesitan extenderse porque la tecnología ha superado la capacidad humana de trabajo que resulta casi imposible obligar al ser humano a que trabaje como una máquina programada. A pesar de ello termina siéndolo gracias a las capacitaciones ofrecidas por las empresas que manejan bancos de datos de personas en busca de trabajo. Estas empresas sólo se limitan a seleccionar y formar personas para la explotación de manera que la producción en la empresa crezca y el manager se engulla las ganancias que, lastimosamente, son incomparables con el salario que percibe cualquier persona que acaba de empezar a trabajar. Los ejecutivos sólo se limitarán, como dice Proudhon, a gozar de los frutos de trabajo sin realizar ninguna de las tareas del trabajo. La selección de personal, entonces, no es más que la búsqueda de personas súper poderosas que no piensan mientras trabajan. Esto hace de la rutina un asunto vital e inevitable en la cotidianeidad que, alejándolos del raciocinio y de la reflexión, termina hundiéndolos en la explotación. Los beneficiados sólo son una terrible minoría que piensa que los premios y aguinaldos harán la función de consuelo para sus empleados mientras la cultura del ser humano ya se ha perdido gracias al automatismo impuesto por más que, para el sector privado, la carencia de cultura tenga poco o nada que ver con el desarrollo personal. El dinero es lo que importa. Y el capital, claro. La rutina entonces impide a uno reflexionar pues eso es cosa de “filósofos lunáticos”.

domingo, 31 de enero de 2010

Complot interno. Flotando

Cuando emergés
en ese sin fin de voluptuosidades
me armo en un

c o m p l o t i n t e r n o …

Pienso y vacilo
al no saber si seguir
o no
pues en el mar de quimeras
que fluye
como el río del
sentimiento
la pasión se une
a un olvido despiadado.

Mártir de obsesiones;
mártir de voluptuosidades putas;
mártir de energúmenos
sentimientos convencionales
me apiado de mí
y me toco el corazón
para calmarlo
de una vez.

Soy el hijo de Babilonia
y clamo por el perdón
de mis fatales víctimas
posesivas y egoístas
mientras me precipito
en contradicciones
que me limitan a decirte
que todavía te tengo
en mi verga y en mi pecho,
a vos,
tan llena de odio
y de crimen
envuelta en un manto
que,

f l o t a n d o

ensalza tu
odiosa hermosura
para azotarme
con tus espinas
y dejarme abandonado
para siempre
devorado por un
sentimiento fatuo
que me hiciste
tragar como
los fluidos
de tu santo vientre.

Caos nocturno. Placer del tiempo

En psicológico crepúsculo
de quimeras insaciables
se extiende a lo lejos un manto estelar.
Mis ojos sólo ven oscuridad
en cuyo vacío infinito
fulgores muertos flotan traviesos.
Con tez luminosa y tardía,
entregándote al tiempo y al espacio,
dominás con puro candor
la grandilocuente soberbia del Sol.
Mas vos sólo te escondés en el atardecer
y tímidamente seducís a tus seguidores
para luego surgir en ese espacio
al que noche llaman
los odiosos hombres mañaneros.
Estás con el caos y el placer
porque tus senos se retuercen
entre estrellas mustias.
Tu juventud es eterna
y me eleva en la cumbre
de un éxtasis brioso.
Y si en verdad te apartás
del corazón ensangrentado
de alguien que te adora,
sólo cubrite de nubes negras
para que no veas cómo se vive
una muerte candorosa
de alguien que te extraña siempre
en las putas mañanas radiantes.

marzo de 2006

Sofía y la soledad

Más allá de la resignación de chuparle la vagina a la soledad, encontré que la posibilidad de trascenderla es escasa al igual que el tantra cuando le tenés delante a Pamela Anderson desnuda. Hasta ahora sólo enterré mis narices en el polvo de los libros y aprisioné a mi espíritu en las telarañas de las vigas de mi habitación. Buscarle un sentido se torna vicioso como para los existencialistas cuyos pensamientos florecen mejor con la soledad para criticar el sistema vital que mueve sus rumbos y no los dejan felices. De ahí a que prefiera eso es contradictorio porque en ningún momento lo he buscado. Tampoco me deprimo, afortunadamente. Estoy con la libido arrastrando desde hace kilómetros de tiempo que motivos para dudar de mi virilidad no tengo. Por supuesto que me encuentro en el vacío absoluto de la atención ajena pero encontrar consecuencia en los demás, un motivo de unión que permita una conexión, se hace cada vez más difícil gracias al egoísmo no virtuoso que tienen los demás. ¿Soy acaso un gran masturbador que se jacta del deseo ajeno hasta cumplir su acometido y volver después al dantesco mundo de mi habitación para abrirle las piernas a la soledad? No. No encuentro razón para satisfacer las búsquedas de placer de los demás. Sin embargo el rumbo de mi vida no puede descartar toda posibilidad. Me encuentro tan solo en ese insoportable deseo de querer follarme a una puta de Babilonia que las posibilidades me rozan el derecho para burlarse de mi fracaso y dejarme solo con Sofía y la soledad.

domingo, 5 de julio de 2009

Cadenza

La caótica neurosis del claro de luna
me limita a seguir haciendo usufructo
de sus encantos.
En arrebatadoras y punzantes ganas,
mi energía se devora para jamás existir.

Y cuando por fin el agujero negro,
incrustado en mi cerebro como un culo pequeño
sin falo que lo alimente,
arroja las voluptuosidades
de la bendita creación,
vivo en la muerte de quien nunca

ha escuchado nada ni ha saltado con intervalos
alegres y plagiados por la maldición
de la luz y del mar.

Si la nada fuera el origen,
soy el todo creado por nada.

Cambio de energía.
Es Magdalena quien me
lanzó una piedra.

Respiro…

Uno…
Dos…
Tres…


Con la creación castigada por delicias putas
(respiro)

que follan entre sí,
(exhalo)
me regenero entonces
(respiro)
para olvidar tu neurosis.

(exhalo)

miércoles, 11 de marzo de 2009

La reina de las ponzoñas






En noches de hastío por el pánico atroz consumidas
la dulce bacante en la vieja ventana pósase desnuda.
Sus senos caídos orbitan demencia y un triste gendarme
llámalos a gozar.

¡Cuán sonoras las notas del oscuro disco polimérico
mis oídos deleitan mas no mi alma triste!

Mi cara se estrella en el pavimento nihilista
donde las piedrecillas se consumían por sí solas, por doquier.

¿Acaso la bruma oscura espera la luz de una idea gozosa
que ser parida deseaba por el vacío del conocimiento?
Esa bruma no es mi estado pero se atreve a desafiar al feliz aspecto
que ese mi estado depara a mi alma.

¡Pero ella sigue allí! Apenas iluminada por la luz de la opaca lámpara
logrando existir gracias al oxígeno hideputa.
La esmerilada botella se yergue fálica en la punta de la mesilla
mientras acosa a la copa que dese
a desvirgarse con el sagrado líquido la boca.

Satanás no se ha apiadado de mi larga miseria mientras que en mi vacío
sólo esperaba que la princesa de la muerte a felármela venga mustia.
No hay oscuro andamio que el de la vida de aquel que caído nunca ha
en el precipicio de su eterna angustia.

¡Pero ella sigue ahí! Iluminada, sí, por la opaca lámpara
derrochando delicioso aroma a kerosén mientras el tímpano
se conmueve por el dulce acorde de un impromptu
que desea follar tu tímpano y mi tímpano
desgarrando las entrañas de nuestra
s almas corrompidas.

¡Reina de las ponzoñas! Sé que te nutres de mi hastío
y desvirgar no puedes mi garganta seca que emitir voz desea

con ansias impostándola y dejar que dulce se mezcle
con la tuba oxidada que yace recóndita en el foso de vida llena.

De la siniestra mía el placer depende seguro.
Sí. Ella te coge fuerte, esmerilado cristal de forma sutil.
Tu encanto satiriza la excitación de mi piel mientras mis ojos vislumbran
la luminosidad de tu néctar fluyendo incansable al acariciar la cristalina
base de la grande copa pequeña.

Basta el sorbo para que el fatuo fuego carbonice mis sacras ideas.
Florecen entonces las nadas que fulguran en explosivos algos
mientras que me nutro de ellas reconociendo su valor

y exaltando la esencia ideal de cada nada.

No basta un sorbo para acariciar ese vacío y respirar el frío aire de su todo.
La bacante desnuda no deja de mirarme mientras acaricia su trasero
la madera vieja del marco de mi ventana deshecha en el ti
empo.
Su sonrisa asesina brilla en esa bruma que es mi estado
y me depara el peor de los coitos malditos.

Reina agresiva que te exasperas en la punta de la mesa.
Agradézcote por el gramo de placer alcanzado.
Exterminar no has podido a la ba
cante malvada
per no sentiré, a ti gracias, sus filosos dientes
que desgarran mi garganta.






Al absinto que nos vino de CDE gracias a Gustavo Thor, reina conmovedora de vientres, con invaluable aprecio de escritor devoto en enero de 2009 de la nueva era.

sábado, 11 de octubre de 2008

Extraño y doloroso nosequecosa

Prominencia carnosa estática
incrustada en una piel cartilaginosa e inamovible,
te estremeces entre ventosas acaso inservibles
escurridas en saliva de viscosa naturaleza.
¿Acaso no has podido dejarme descansar
en la paz que el señor ha prometido a tantos?
Un diente me garantiza que te molesta estar ahí
y los días han pasado y tanta paciencia he derrochado.
Mas en horas nocturnas siento más tu presencia
que arde como si quisiera demostrar su existir
hasta que con una pinza, quebrando el filamento,
te separo, oh, pequeña protuberancia,
del cartílago que fastidiarte parecía.
Ay, carajoqueloparió...

2008
Lo escribí para un tumorcito que me arranqué de la lengua luego de días de haberme molestado



viernes, 10 de octubre de 2008

Padrenuestro

La náusea le recordó a las clases de matemática.
A esos números chiflados que desafían a uno con la lengua.
La desintoxicación apareció con un padrenuestro
y la petición por dar un buen examen.

Pudo escapar por el drenaje del suicidio


Cae y se rompe.
El hastío lo desempolva y vuelve a resplandecer.
Cuando la gárgola le extendió la garra
pudo escapar por el drenaje del suicidio.
Vencido en las tinieblas,
recordó que ya estaba roto y caído.

Y volvió a vivir.

lunes, 6 de octubre de 2008

Ofelia y el lazo

Sentir la inocencia en la piel rosa que te cubre
es ahogarme en el precipicio póstumo de la culpa
que me ata sin piedad a los postes mohosos y añejos
de tu triste y fresca voluntad.

No…
No bajo la cabeza que dulce espera el soplo del viento norte
dispuesto a erizar mi piel que se rasga ante los confines de una falsa plenitud.
Es que pretendo que todo emerja en mí y que un capullo pequeño y blanco
engendre en su pistillo una gota de sangre que pueda alimentarme de mi yo.

Sé que la disputa está en mí y lidiar no puedo porque estoy atado
y disfruto de tu ira porque te enloquece mirarme como a un espejo
que refleja la infame mirada de la represión que te carcome.

No…
No es la legitimidad la que te cubre con su manto de tul
y la que oculta tus algos y tus todos que te hacen culpable
de ser inocente y de verter en tus capullos un fuego fatuo
que enardecería tu inocencia y vilmente la desenmascararía.

Pero estás ahí clamándote a vos misma la ingenuidad que pretendías fulgurar
a pesar de que en tus ojos brillaban las rejas herrumbrosas
que encerraban tus deseos y tus muros para no dejar salir tu cohibido corazón.

No…
No has luchado contra tus límites cuando reconocías el oasis detrás de su espejismo
incluso cuando lo tenías de frente y el aroma fatigoso del calor de tu cuerpo
precisaba también de la neutralidad fría asociada a lo inesperado
cuando viola tus espacios para invitarte a pertenecer de una vez a la quimera.

Soy esclavo de mis quimeras y esclavo de la culpa que te ata a tus algos y a tus todos
mientras no podés regresar llena de gracia al origen que te parió sin querer desgraciarte
siendo que los rumbos que tomaste nunca los cambiaste aún conociendo tu poder.

Yo sólo muero sin mirar adelante la enardeciente conciencia que se consume
como el ego de aquellos que pretendían superarse.
Sé que tu fusión con ellos es imposible porque un lazo te une aún al vacío
aunque no quieras reconocerlo.




La piedra roja que se encontraba muy sola al costado de la calzada

Una gota.
El trueno quiebra y un perro me ataca:
en mi pierna hay una mordida
y la lluvia se escurre en mi desnudez infantil.

Y es entonces que entiendo
que prefiero ante todo no dar vueltas
y apurarme para decir que sólo pretendía
una piedra apreciar con mis ojos
hasta que apareció el perro
que me mordió.

Yo, huevo

Me despojo de la culpa un rato
y resisto los achaques de la conciencia.

Como un huevo que florece en tu ojo
observo con delicadeza las curvas de tu cuerpo.

Y te dejo

viernes, 18 de abril de 2008

Cuando menos pienso

Cuando menos pienso, la necesidad de tener presente un pensamiento se hace mucho más intensa. Y es cuando prefiero evitarlo lo que me hace escéptico. Si tan sólo pudiera deshacerme de los pensamientos dejaré de juzgar mis estados y me abandonaré a mí mismo. Un torbellino silencioso se apodera de mi oído y más deseo permanecer así para siempre. Pero emerge un pensamiento. Un ruidoso pensamiento. Y estoy. Vuelvo a estar, ¡maldita la hora en que emergió ese pensamiento! La frustración y la pérdida entonces se confabulan contra mi paz. Sí. Una guerra civil de polos iguales y opuestos se confabulan contra mi voluntad. Pero la voluntad es pensamiento y si tan sólo pudiera ubicar a la voluntad lejos, pero bien lejos, de algún pensamiento póstumo al menos, mi dicha volverá a tenderme los brazos.

Y me abrazará.

Es entonces que miro el suelo porque sé que aquello no ocurrirá nunca. Sé que permanentemente estaré pendiente de un no-pensamiento para dejarme no estar para siempre. Pero siempre estoy. Siempre sigo. Siempre conspiro con el estar y siempre pierdo porque no quiero dejar de estar. Y lloro un rato. Un rato nada más porque las lágrimas se secan antes de salir. No. No es que el llanto sea vano. Lo vano, aunque uno no lo crea, es el estado que me sume en la tristeza y que, a su vez, me eleva al llanto. No. Yo no lloro en vano. Ya he dicho. Lo vano es eso que hace que me salgan lágrimas secas. Una especie de “no sé qué me pasa” pero con aires de una cínica felicidad.

Felicidad pero de la que se tiñe de oro cuando alcanza uno la plenitud. Bueno, pero no dejo de llorar. Sí. Sé que procuro pensar en otra cosa. Sé que intento desconcentrarme en lo que me sume en la tristeza. Sé que busco tangentes para ir por ellas y desembocarme en otros espacios. Espacios de pensamiento, en fin. Pero… ¿qué estoy haciendo? Estoy pensando otra vez.

No. No debería estar pensando. Si lloro, igual pienso. Entonces debería también dejar de llorar. Acabo de descubrir que, llorando, no conseguiré olvidar el pensamiento. Es definitivo. Sigo pensando entonces… Aunque no debería, claro. Pero la cosa es sencilla. Tanto el pensamiento como la voluntad son unidades que podríamos ubicar en el mundo de los números racionales. Se sabe que entre dos números racionales existe una infinita cantidad de números. Lo mismo ocurre con la voluntad y el pensamiento. Entre ambos existe un mundo infinito que, esencialmente, encarna a la nada. La nada es infinita en esencia también. Lastimosamente es relativo eso y Hermes Trismegisto debería estar riéndose de mí en alguna plataforma ajena a esta dimensión. En fin. Tanto la voluntad como el pensamiento juegan conmigo como si fuera una pelota. Y yo lo sé. Supongamos que entre la voluntad y el pensamiento corre un angosto río: el río de la nada. La voluntad y el pensamiento juegan con una pelota la cual es lanzada sobre el río a las manos del otro contrincante. La voluntad lanza la pelota al pensamiento quien, sin dejarla caer al río, la devuelve a la voluntad. De esta manera transcurre el juego. Lo triste es que la pelota soy yo. Soy el maldito lazo que mantiene unidos al pensamiento y a la voluntad. Si mi deseo es caer de una vez en el río de la nada sin caer en manos de ninguno de estos dos apestosos y vanos contrincantes, entonces debería dejar de pensar.

Creo que debo dejar de escribir.

2008

martes, 1 de abril de 2008

Agonía de un hereje

Nunca lo confesaré. Mi familia sabrá agradecérmelo. Pero ya vienen a buscarme y no podrán despedirme. Un ruido atroz se dibuja a mi alrededor como si intentara romperme los tímpanos. Son los gritos de los desquiciados que no hacen más que temer al llamado de la muerte. Pero yo seguiré aquí, corrompiendo los lazos del miedo que me han impuesto al dejarme abrir la Biblia por primera vez. Sí, malditos temerosos de la sagrada e inevitable muerte. La puerta al vacío. La puerta al paraíso. Un mundo mejor me espera y estoy ansioso. Y ese trance es tan gentil que eriza mi piel dándome gozos de paciencia.

¿Paciencia? No tengo nada que deba soportar. Mi condena es inevitable, no la temo y gusto de aguardarla con los brazos abiertos. Me burlo sólo de aquellos que temen a la muerte. Aquellas víctimas del engaño que en los templos amenaza con el castigo del martirio. La muerte. La muerte tan vilmente asociada con los rituales del demonio y otras falacias que encarnan el suplicio y el maldito arrepentimiento. Religiosos perversos. ¡Predicadores del arrepentimiento! Os paseáis en las llanuras del bullicio eclesiástico amenazando con torturas a las hormigas que llevan en sus espaldas las migas del pan que vosotros desperdiciáis. ¡Cobardes! Sólo a mí me conceden el placer de morir con la justicia en la frente pero los demás sólo piden clemencia. Ellos, pobres humanos que pretenden haber abierto los ojos al mundo cuando las aguas del bautismo han acariciado sus cabezas. Débiles estúpidos. Se refugian en la oración y ahora se arrepienten de haber hecho lo que consideráis pecado. Dios les domina a ellos por eso es que tanto temen. Temen a Dios pero sólo se limitaron a disfrutar del crimen apenas un instante. Pero Dios está en mí y no le temo porque habiendo sabido prolongar el gozo de pecar supe discernir el arrepentimiento y la culpa. La sagrada culpa. A ti te alabo porque mi orgullo te ha dado a luz desde el comienzo de mi historia. Tú, amada culpa, que me has llevado de la mano a cultivar mi orgullo y el amor hacia mí. Todo lo he hecho a propósito. El placer de hacerlo no es egoísta conmigo. He quebrantado a la silla eclesiástica y los tribunales han hallado en mi la culpa necesaria para derramarme la furia vertida por sus frustraciones humanas. Y ellos lo saben. Por eso gozan cuando condenan a los no humanos. Por eso se jactan de haber triunfado cuando lo único que hacen es llorar sus penas al no encontrar gozo en la condena a los suyos.

Los pasillos de piedra se dibujan en una perspectiva difícil de definir. Me arrastran de una soga atada a mi pescuezo y el dolor me asegura el pronto gozo de la dulce espera. No emito sonido alguno. Eso les zumba al oído y se tornan más bruscos cuando buscan la salida de una queja o de un suspiro que resulten del dolor que me entregan. Nuestros pasos generan amables ecos en la oscura cárcel a la que despido agradecido por haberme concedido la paz del ruido humano que me ha asegurado mi vanidosa condición de ser diferente. Amada cárcel, a ti te debo la gracia de esperar mi condena. Me has hecho gozar de la tolerancia a la muerte que me acechaba tan lenta y placenteramente. ¿Acaso no has sabido prolongarla más? Miro adelante y el cadalso me aguarda con ganas de abrazarme. Me teme en el fondo porque ha acostumbrado a burlarse del martirio de los demás. Pero mi altivez lo hace bajar la cabeza.

Un látigo me abre la espalda. Otro me abre el hombro. ¡Otro me revienta la sien! ¡Sangre! ¡El dolor es corporal pero mi alma está tranquila! Un gemido placentero echado de mi boca se expande en el vacío al que lo transporta un limpio y calmo viento. El aburrimiento en la multitud es contundente. Tienen sed de ver sufrir a los suyos. Pero el gusto no les daré porque tengo perfecta noción de lo que la muerte significa para mí. Siguen azotándome vertiendo abundante sangre. ¡Mi debilidad se fortalece entonces! Apenas distingo lo que me piden. Probablemente exigen que pida perdón a la cruz. Pero la ignoro. No sé quién es. ¡Nunca lo supe! Envidio el martirio por el que ha pasado el que está colgado en ella y se hizo llamar, alguna vez, rey. El dolor me resulta tan inmaculado como mi culpa. Estoy debilitado pero cada azote, cada golpe, cada dolencia me garantiza el paulatino e imperceptible acercamiento de la muerte. ¡Y es ese mi justo bálsamo! La oscuridad ha llegado pronto a cubrirme con su pureza. El pesado hierro de la guillotina se desliza y yo no percibo su sagrada amenaza. Sólo cierro mis ojos, gustoso de haber vivido. El anhelado paraíso es la nada. Siempre lo he recordado. La nada es el paraíso. Un vacío que no tiene fin y que me desintegra para siempre en los vestíbulos de la paz eterna. ¿Acaso no oigo el ruido del hierro que raspa los conductos del aparato que me llevará a la paz? Es un ligero silbido que me garantiza que todo ha terminado. Que una nueva vida ha de comenzar en el merecido vacío que me ha esperado y al que lo he dejado de lado para disfrutar primero del placer de pecar en vida. Quedáis sólo vosotros que pensáis llevar a cuestas vuestras penosas existencias. Pero, a mí, ya no me queda nada.

Julio José Torres


2008

lunes, 24 de marzo de 2008

La verdad absoluta

La verdad es un conjunto de conceptos a los que cada persona tiene por correctos. La verdad absoluta existe y es propia en cada individuo. La existencia de memorias universales en cada religión y, por ende, la existencia de una verdad absoluta en cada una crea muchas confusiones a las que se debería considerar totalmente vanas.

No es que se quiera paliar la posible existencia de alguna que otra verdad absoluta diciendo que cada uno debería crearse la suya. Sería diferente si todos los seres fueran fuertes, orgullosos de su pensamiento y se aferraran a su propia verdad. En ese caso, cada uno de ellos podrá erguirse sobre su propio eje y ser un auténtico individuo. ¿Qué ocurre si existe una verdad absoluta más allá de los sentidos, que es lo que sostiene la mayoría de los religiosos? Éstos vivirán pendientes de esa verdad y nunca vivirán con intensidad la realidad en sus propias vidas. Sin embargo, pasa algo diferente con los musulmanes: "Dios es grande" es la verdad absoluta de ellos. Es una religión sólida pero con principios carentes de gravedad. A pesar de ello, es lo que sostienen y lo que a ellos les hace feliz.

Habría que abocarse en otra cosa, al fin y al cabo: Verdad vs. Realidad. Tiene un toque agnóstico pero a los que dudan les liberará de toda confusión. Podríamos tomar como verdad absoluta, simplemente, a la realidad. ¿Qué es la realidad? Lo que podemos comprobar con nuestros sentidos.

Podemos decir entonces que la verdad absoluta es: cada uno hace su propia verdad. Si fuera subjetivo este concepto no estaría dando la razón a las verdades ajenas. Este ejemplo de verdad absoluta es completamente neutro y justo; no hay nada relativo. Si "Dios es grande" es una verdad absoluta para los musulmanes, el concepto "cada uno hace su propia verdad" se aleja totalmente de los parámetros religiosos y se vuelve neutro y aplicable. Y esta verdad concede privilegios a la verdad "Dios es grande", por más que yo sepa que no es cierto, es la verdad de ellos porque sé que la verdad "cada uno hace su propia verdad" es absoluta.

El ejemplo 2+2 = 4 es una verdad absoluta que se respeta. El anterior ejemplo no numérico es, mejor dicho, moral. Si se la respeta los humanos vivirán felices, cada uno con su propia verdad.

J.José
2007

domingo, 23 de marzo de 2008

Elegía del errante

De demonios las cópulas florecen en mi alma
corrompida en liza de los templarios sin calma,
y las sierpes destrozan los broqueles de una mente
que en el seno de la paz su vida llora y se arrepiente.

No hay mierda que alimenten las bocas inexiguas
de ánimas clamando perdón por su vida inicua;
dijéronme ayer que la salvación alcanzaría
y del sufrir de los incautos allá arriba reiría.

Vana existencia que te arrastras sin morder
esos negros anos que Satán ha de coger.
Sus miradas las manos de Dios ciegan rotundas
para no arder en los placeres que circundan.

Y desconocen, pues, la verdad absoluta
motejada por el ser que, tirano, la vuelve puta,
y que oculta su esencia y la protege de sus siervos
para que animales vivan y nunca caigan en lo cierto.

Tierra que meces los pasos del humano enclenque:
soportas la hojarasca del saber limitado por el palenque
que la mano demiurga clavó en humanas cabezas
que de los jardines las flores entienden por malezas.

¡Oh, lirio que expandes los poderes de tu luz!
qué fácil es poder contemplar tu rojo aún
y conocer que la divinidad de tu esencia nace
y que el poder del Paraíso a tu lado parco yace.

La destilación de la caña conquista mi garganta
y tragan mis ojos la senda que arrulla la carnaza
que murió, pútrida ya, después del juicio ruin
que un espectro implantó sobre el pecado sin fin.

Ríome, pues, de la vana miseria estúpida
que a lo seres decía: “aquí terminarán su ida”
y cago en los brazos maternos de una efigie santa
para de nuevo comer y quejarme de su ayuda vana.

J.José Torres R
(marzo 2004)

Hambre de reyes

Ante el clítoris gigante de su abundancia
la gula le impide abstenerse de seguir succionando.
El hastío daguerrotipado en su rostro duro
ha destrozado ya los brazos de Morfeo.

El oro prostituto que acaricia una pescuezo avaricioso
hace imposible abandonar sus votos maniáticos.
Hay olor a mierda en sus cojines de ensueño
pero los neutraliza el aroma de la materia verde.

Sus negros blancos y blancos negros yacen a sus pies
intentando lamer su joven blanda verga.
Está en juego la mayor de las sumas
pero hay roña en su asquerosa mezquindad.

Los cabos tensados no toleran su cerebro de oro lleno.
Los cabrestantes bailan cumbia en la pista de la angustia.
Un clamor desesperado le vocifera en los suburbios
y sólo da flores de plástico a la indigencia.

J.José
(diciembre 2006, cuando empecé a laburar xD)

sábado, 22 de marzo de 2008

El "sí" de mierda

-No me vengas con excusas...
-...
-¿Adónde te fuiste?
-Sin excusas, ¿verdad?
-Pregunto...
-¿Te importa?
-Sos mi marido, ¿no?
-Hace mucho que lo soy, ¿ahora te acordás?
-Te lo echo en cara. Parece que te olvidaste.
-Para nada. Ahora soy un marido libre.
-Lo sé, pero sigo siendo tu esposa.
-Por el momento un obstáculo.
-¿Ahora me decís eso?
-Bueno, vos buscaste.

Pausa.

-¿Qué pretendés?
-Nada. Necesito entretenerme.
-Descarado.
-¡Momento...! Tranquilízate nomás.
-¡A ver! Decíme...
-Descarado no, nena...
-¿Entonces qué? ¿Don Juan?
-Callate.
-No podés objetarme nada. Te estoy diciendo lo que siento.
-Don Juan... ¿Eso sentís?
-Bueno, te veo así.
-Pero no sentís.
-No me cambies de tema, abogadito.
-Sólo corrijo.
-¿Basta!
-¡Qué!

Pausa.

-¿De dónde venís?
-Qué pregunta...
-Ya otra vez con ella, ¿verdad?
-¿Y? No estaré pegado a vos toda mi vida...
-¡Claro que sí!
-...
-Al menos eso dijiste frente al altar...
-Altar... Santos de madera, santas maquilladas... Ellos no escuchan. ¡Son árboles!
-¡Para qué dijiste sí entonces?
-Es la consigna. Gastamos muchos guaraníes para tu vestido, para la fiesta en el club, la comida... Pensé en los invitados, especialmente en las tías que también gastaron en modistas. Si te decía “no”, no habría fiesta y todos me pegarían, especialmente tu familia. ¿Te pusiste linda para escuchar un “no”?
-¿Te arrepentís de haberme dado el "sí"?
-Ese maldito "sí". Cuando armás estas escenas absurdas, sí, me arrepiento.
-¡Qué plaga sos! ¡Sinvergüenza!... ¡Todos los hombres son iguales!
-Entonces mirá, ahí está el perro, hacélo tu esposo.
-Soy tu esposa y quiero que me respetes.
-Sentirás mi respeto si no le buscás la quinta pata al gato preguntándome de dónde vengo y adónde voy.
-¿Creés que te voy a ponderar los malos ratos que me hacés pasar? Cocinar para vos mientras me quedo callada y vos revolcándote en la cama de esa puta. Fundirme las uñas limpiando trastes y lavando tu ropa y vos, yendo al bar y viniendo tatáre.
-¿Y qué querés? ¿Que venga a ayudarte a limpiar la casa?
-¡Machista! ¿Qué clase de armonía habrá en esta casa? ¿Qué clase de ejemplo les darás a tus hijos? ¿Cómo vivirán?
-No le metas a nuestros hijos en esto, ¿ok?
-Tengo razón, viste.
-Pero el problema es nuestro.
Pausa.
-¿Con quién estuviste?
-¿No te cansaste todavía?
-Sucio.
-Bueno, al menos vos no sos así.
-¿Con quién estuviste? ¡Decíme!
-Con nadie.
-Insolente...
-...
-Ni siquiera sos capaz de responder por las cagadas que hacés.
-Y vos... Gua’u que no hacés cagadas...
-Bueno, suelo romper algún que otro plato...
-Ingenua...
-Cínico...

Pausa. Él se dispone a salir.

-¿Adónde ya otra vez te vas?
-No te interesa.
-¡Por eso pregunto!
-¡Al pedo preguntás!
-¡Imbécil! ¡Jodéle a tu abuela!
-...
-Venís con tu cara de “yo no fui” y te vas sin decir nada, como si nada hubiera pasado.
-Exacto... Adiós.
-¡Sinvergüenza!

Se va.

Ella se sienta en el sofá. Toma el teléfono y digita un número.

-Hola, ¿amor? –pausa- Te espero. Vení nomás ya.


Julio José
(junio 2003)

El betún

-- Qué linda es esa música – le dije.
-- Es una milonga. Apesta.
-- ¿Quién canta?
-- Un señor que está dentro de una cosa negra y redonda que se da muchas vueltas.
Eran las dos de la siesta cuando al abuelo de José se le antojaba encender el tocadiscos mientras todos dormían. Esa tarde hacía un calor muy fuerte y nosotros estábamos en la calle a esas horas porque, como ya le habíamos perdido el miedo al Jasy-Jatere, teníamos ganas de caminar bajo el fornido sol. A medida que caminábamos y que nuestros pies tragaban la acera, dominábamos la perspectiva del barrio, al que lo hacíamos nuestro. El sofocante calor les espantaba a los viejos que ya entraban en sus casas para echarse a la cama bajo el ventilador que igual removía ese tufo incrustado en el recinto de una habitación húmeda. Sí, el barrio era nuestro. Sólo algunos mecánicos de los talleres de la cuadra se paseaban por las calles desérticas. Las personas que transitaban eran como cabras en un llano. Eran tan pocas.
-- ¿Vos decís que esté Dieguito? – le pregunté a José.
-- Vamos a ver. Estará trabajando en el centro con su primo. Así me suele decir su mamá.
-- ¿Qué hace en el centro?
-- Lustra los zapatos de unos señores.
La mayoría en el barrio éramos de familias humildes o algo pudientes. A Dieguito lo conocimos cuando muchos damnificados comenzaron a arribar del río, por culpa de la inundación, peculiar en aquellos años. Era triste ver a uno de los amigos en condiciones un poco diferentes a las nuestras. Sin embargo, predominaban en nuestras relaciones esas ganas de compartir y de jugar. Era eso lo que nos unía. Era eso lo que valía.
-- ¿Está Diego? – pregunté a un chiquito que estaba frente a la casa de madera terciada. Éste se divertía con un pedazo de muñeco al que lo enterraba y lo hacía patinar sobre la arena.
-- No. – se limitó a responder sin siquiera mirarnos a la cara. Parecía tan concentrado en su juego que interrumpirlo sería un pecado.
Divisamos a Dieguito que arribaba, acercándose a la esquina. Nuestra esquina. Eran las cinco de la tarde. Teníamos una hora para jugar antes de que oscurezca. Lo habíamos visto tan abatido, casi estrangulado por el paso de las horas que arrastraban el calor de la mañana mientras él se inclinaba a lustrar los zapatos de algún transeúnte que se creía el burgués gentilhombre. Lo vi trabajar la vez en que acompañé a mi abuelo al Banco. Generalmente se paseaba por alguna de las plazas que comparten 25 de Mayo. El cliente lo mira con petulancia, sentado con su periódico en la mano mientras el niño frota con el paño negruzco las últimas opacidades del cuero que, con un solo toque, brillaba cual espejo de bruja. Y ver al engreído cliente ahí sentado, era como si éste le dijera: “vos estás ahí, y yo aquí”. O bien: “lo siento, chico, sólo servís para eso. Lustrame los zapatos”. Pedantería de muchos ejecutivos.
-- Hola. – saludó.
--¿No querés jugar tuka’e? Te esperábamos. –dije.
-- Vamos a llamarle a Mariela y a Teresita. –agregó José.
Pero Dieguito sólo miraba el suelo. Se rascaba la cabeza y daba algunos pasos sobre la calzada de arena como pensando en otra cosa que en jugar.
-- Estoy cansado, che ra’a.
-- Ndéra. Yo me voy entonces. – dijo José, desapareciendo después bajo las sombras del mango del profundo patio.
La noche era hermosa. Ya había oscurecido y aún nadie estaba llamándome. Diego parecía triste o molesto. Había trabajado toda la mañana y, para mí, en ese momento no me parecería un pretexto para no jugar. Hasta ese momento no había hecho lo que él hacía: levantarse temprano e ir al centro caminando con un primo cascarrabias como Mbopícula. Será por eso que no sentía lo mismo que él pero, una vez que haya visto su estado de ánimo, pude imaginarme que el trabajo era arduo, incompensable con unas pocas monedas miserables que le daban algunos tacañas.
-- A los patrones les gustan los billetes, y a mi mamá también. Todas sus monedas nomás me dan.
-- ...
-- Encima mi mamá está enferma. Una vecina de lejos dijo que tiene tos y mis hermanos nunca vienen de San Pedro a traer comida. Hace rato ya que no vienen. Hace años.
-- ¿Tus hermanos grandes?
-- Sí.
-- ¿Y tu papá?
-- No sé. Parece que no tengo.
Una madre puede ser una familia. Un hermano puede ser una familia. Un perrito puede ser una familia. Para Diego, su familia era Terry, el perro, y Eloísa, su madre. Su primo sólo vagaba y buscaba alguna hierba para fumarse unos petardos, endeudándose después con todo el mundo. Cuando van a trabajar, se quedaba en el camino mientras Dieguito continuaba. Lo abandonaba en el trabajo. Y una familia nunca te abandona.

***
-- Tengo que comprar betún.
Esas fueron las palabras que rompieron la tarde del día siguiente. La frase brotó de repente mientras el sol moría en ese horizonte tan infinito y tan rojizo que podía divisarse desde la terraza. Una cigarra acompañaba al “tengo que comprar betún”, como ensamblando un jazz sin saxo ni contrabajos. “Tengo que comprar betún”. Era esa la frase insignificante que me resulta imposible olvidar. Diego sólo se limitó a decir: “tengo que comprar betún”.
Diego sólo necesitaba decir: “tengo que comprar betún”.
-- ¿Betún? Y ¿por qué no comprás? – es fácil decirlo. Pero a Diego mis palabras le resultaron una ráfaga sonora que le molestaba en el tímpano.
-- No tengo plata. Ninguna despensa me quiere dar porque dicen que mi mamá ya les debe mucho. Ella no salió a rejuntar las latitas para vender. Está enfermita y se quedó a descansar.
Yo sólo quería jugar. A Diego lo veía tan lejano pero tan cercano a la vez que no sabía qué responder. ¿Resultaba un problema que yo debía resolver? Sí, pero no. No podía darle algunos trescientos guaraníes, pues no tenía. No había pasado por mi mente colaborar con él. Yo sólo quería jugar con él. Además, casi nunca pedía dinero a mis padres. Es como si los problemas ajenos me los guardaba para mí solamente. Me gustaría ayudarlo pero en ocasiones en las cuales tengamos que entrar a robar frutas del vecino, tirar piedras a los coches o tentar a las gallinas de algún corral lejano. Yo sólo quería jugar. Pero Diego estaba ahí, mirando al cielo anaranjado que se tornaba negro para dar la bienvenida a ese globo plateado que, endiosándose en la cumbre del firmamento, parecía llamar al aullido del Luisón.

***
-- La señora me dio un remedio para la gripe, pero no se le pasa. Mi mamá no puede comer. Mi mamá no se puede levantar. Mamá está enojada conmigo.
Dieguito no trabajaba desde el día en que no podía comprar betún. Yo sólo quería jugar. Ignoraba el mal estado de su madre. Ignoraba lo que él pudiera necesitar. Yo necesitaba jugar. Él es un niño como yo que también necesita jugar. Pero no. El necesitaba betún, sólo eso.
-- Vení, vamos a jugar. – gritó José mientras se colgaba del árbol del yuyal de la esquina.
Diego jugó con nosotros. Estaba algo cansado, como siempre, porque había recorrido todo el centro pidiendo plata a algún peatón con pinta que colaborase con su mala situación.
-- Sólo necesito para comprar betún. – afirmó mientras se arrastraba por el suelo empavonándose con la arena que se le pegaba al cuerpo sudoroso – Mi mamá no quiere que le diga nada a nadie. Ella quiere que trabaje y le compre su remedio. Ella dice que pedir limosna no es trabajo digno.
-- José se queda en el tambo. – dije. Sus palabras me resultaron tan fútiles. No sabía yo qué era la limosna. Su voz era tan callada, opaca, sin resonancia.

***
Los grandes no nos entienden. Piensan que somos seres irracionales, que todo lo que escuchamos, o vemos, guardamos por un rato en nuestras mentes para luego olvidar. Tenemos las mentes vacías, es por eso que, cuando captamos algo, ese algo se queda en nuestra memoria para nunca salir. Los grandes tienen trabajo, problemas, cuernos; tienen la mente ocupada. Yo sólo tenía la mente ocupada en jugar. Dieguito sólo tenía la mente ocupada en trabajar. Los grandes no nos entienden. Cuando preguntamos algo, intentan evadir nuestras preguntas con una respuesta estúpida, como creyendo que lo que responden nos satisfaría de cualquier manera. Piensan que jamás entenderemos.
-- Un señor y una señora me prometieron anteayer que me iban a dar plata para comprar el betún. El betún es más barato que el remedio de mi mamá. Con el betún podré juntar plata para que mi mamá se levante de ahí. Pero no me dieron la plata.
Su mirada era triste. He visto muchas criaturas tristes. No me importaba verlo así. Mi cara es como la de él cuando mis padres me castigaban. Me era familiar verlo así. Me era indiferente. No me importaba. Esperaba que se la pase. Sabía que se le pasaría
Su casa quedaba algo lejos. Mbopícula ya no llegó a aparecer. Dieguito llevaba algunas sobras que le daban los despenseros avaros, las que eran suficientes para engañar al apetito de una mujer enferma. Dieguito no podía decir a la gente que su mamá estaba enferma, pues ella se lo prohibió. Según ella, eso ridiculizaría su orgullo de trabajador.
-- Mamá tiene mucho calor. Ya no me quiere hablar porque le cuesta respirar. Le doy agua y no toma.
Ya habían pasado cinco días y Dieguito sólo traía comida a casa gracias a las pocas monedas que le daban los del centro. Pero eso no le alcanzaba para comprar su betún. Él estaba empecinado en llevar algo a su casa.

***
Era martes. Por fin el cielo se nubló apenas al romper el alba y, amenazando a la ciudad con un chaparrón frío, por fin el sol dejó de castigarnos. Era una mañana diferente. El viento arrebataba al ambiente su aroma natural llevándose consigo los recuerdos de la semana que transcurrió a un lugar muy lejano. Todo era opaco. El verde de las plantas se oscurecía, como si un tono marrón lidiaba con el tinte del paisaje que se quejaba del clima que amenazaba. El azur del cielo fundiose en el gris lúgubre e insondable que atemorizaba a la misma naturaleza. El viento era fresco, penetraba la vestimenta y rozaba la piel erizándola. Qué buena sensación.
Dieguito no apareció por dos días. José no quiso ir a su casa porque no quería caminar demasiado. Era extraña su ausencia. Me incomodaba no poder ver esa cara que miraba el suelo y que, cuando te hablaba, no te miraba a los ojos, sino sólo se concentraba en una estrella fija en el firmamento o en alguna piedra del suelo.
Divisamos a Diego arribar las cuadras de abajo, acercándose a nosotros, en compañía de un hombre y una chica. Este último cargaba un costal grande y la chica un termo y un paraguas. Dieguito venía jugando, chutando piedrecillas del empedrado y rebuscándolas entre los pastos de las veredas para volverlas a chutar.
-- ¿Adónde te vas, Dieguito? – le dije.
-- Me voy a mi otra casa. Mamá quiere descansar.


Julio José
(agosto 2003)